Herederas del espíritu misionero de su fundadora, la Beata María Caridad Brader, la Congregación de Franciscanas de María Inmaculada sigue sus pasos, y mantiene vivo un espíritu «en salida», dispuesto a cruzar las fronteras físicas y culturales para llevar la Buena Nueva.

Una historia marcada por el movimiento

Así como la Beata Madre Caridad Brader, fundadora de la Congregación, se desplazó desde Suiza hacia las tierras de América atendiendo un llamado misionero urgente, hoy sus hijas continúan en los caminos de los diferentes países donde hacen presencia, para acompañar a las comunidades en la vivencia de la fe en los diferentes tiempos litúrgicos como el de Semana Santa o Adviento.

Para la Congregación, la misión no es solo una actividad, sino una parte vital de su formación. Se busca que las Hermanas vivan experiencias de encuentro real en comunidades donde la presencia de sacerdotes es escasa o nula, convirtiéndose en el rostro cercano de la Iglesia.

Misiones en América, África y Europa

La disposición de las Hermanas no conoce de obstáculos logísticos. Según explica la Hermana Mylena Rosero, consejera general para la formación de las religiosas, esa adaptabilidad es clave en el carisma de la comunidad:

“Las Hermanas no sabemos con qué realidad nos vamos a encontrar, pero se tiene la disposición de ir, conocer y compartir. Están dispuestas a la comida que les den; si hay que caminar, montar a caballo, subir en lancha por río o mar, o escalar montañas, lo hacen para llegar a cada una de las familias y llevar la Buena Nueva del Reino”.

 

Las misiones son un intercambio de riquezas puesto que las Hermanas no solo llevan la formación catequética a niños, jóvenes y familias; ellas también aprenden de la diversidad cultural de cada región, por lo que cada celebración litúrgica se adapta a la realidad local, permitiendo que la semilla del Reino germine de forma auténtica en el corazón de cada persona y comunidad.

Sembrar para Resucitar

 “Yo siento que lo más bello es las familias con las que se comparte la experiencia misionera porque se encuentran realidades muy difíciles de apatía de sin sentido y ver cuando llegamos al culmen de las celebraciones, que se vive la presencia resucitadora del Señor, la persona queda edificada, se ve el paso de Dios en el corazón de la gente sencilla y ellos a nosotros nos llenan de vida”, resalta la Hermana Mylena.

La experiencia misionera es ver transformadora, personas y comunidades siempre reconocen este tiempo de compañía misionera como un tiempo de gracia porque gracias al trabajo de las religiosas, de los laicos misioneros y de la Iglesia; las actividades litúrgicas se convierten en verdaderas celebraciones de vida.

“Es una riqueza mutua”, concluye la Hermana. Al final del día, el objetivo es uno solo: que la presencia de Jesús quede sembrada en las personas y que, a través del servicio sencillo y la entrega total, el Reino de Dios sea una realidad palpable en los rincones más olvidados del mundo.

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