Por: Yamile López R.

Casi siempre en el día internacional de la mujer se resalta su papel en los campos o sectores más cercanos a la cotidianidad de la sociedad, poco se habla de una opción que tiene tanta responsabilidad como todas, pero que a diferencia de las demás, se cumple en la lógica del servicio, la fraternidad y la inquietud por responder a un llamado que no lo llena nadie más que, Jesús.

El pasado 27 de febrero se conmemoró el día de la Beata Madre Caridad Brader, fundadora de las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, pero a diferencia de otras ocasiones, este año la celebración fue doble, porque 7 novicias hicieron sus primeros votos como nuevas religiosas y esposas de Cristo. En este grupo se encontraban las Hermanas Sheila Rosabal Romero y Luz Adriana Ascanio Rozo, la primera cubana y la segunda colombiana, cada una con una historia en distinto tiempo, modo y contexto de sentir el llamado de Jesús; una experiencia que aceptaron compartir a su paso por la Casa General de la Congregación, antes de viajar a sus nuevos destinos; especialmente porque su caso puede ser el de muchas jóvenes de hoy.

El llamado inesperado en Cuba

En Cuba, un día una joven paseaba en su bicicleta por las calles de La Habana, justo cuando pasaba por la parroquia del barrio donde vivía, sufre un accidente y en su rescate acuden unas religiosas Franciscanas presentes en ese momento, quienes le brindan los primeros auxilios. Sheila abrió los ojos y experimentó el cariño de quienes, sin conocerla y sin razón para ella, le ofrecían tanta amabilidad y afecto que sintió algo especial.

“Ese día sentí algo muy bonito en el corazón que no lo sé explicar. Seguí yendo a la parroquia porque allá sentí la tranquilidad en un lugar diferente, ser atendida y recibir de otras personas cariño sin ellos conocerme. Al siguiente sábado fui, tenía mucha curiosidad de entrar a la Eucaristía y lo hice, no entendía muchas cosas, pero seguí haciéndolo y así empecé, fue un proceso lento, iba a la Misa y salía. Luego las Hermanas empezaron a invitarme a los grupos pastorales, yo no conocía mucho de nuestra fe, había hecho la comunión como por algo que se organizó en el barrio y así, en mi casa no se practicaba. En Cuba no es costumbre familiar, no es así, los papás no le enseñan a uno eso en la casa”, recuerda la Hermana.

A pesar de las preguntas que empezaron a surgir en su interior decidió ingresar a la universidad para iniciar con los estudios de Medicina, más no por ello, dejó de visitar a las Hermanas.

El tierno amor que creció desde la niñez

Desde que puede tener recuerdos de su infancia, la Hermana Luz Adriana afirma sabía que quería ser religiosa, por eso, cuando cumplió 7 años le pidió al párroco que la aceptara en el grupo de los acólitos. Para ella, el hecho de que personas entregaran su vida a Dios le llamó la atención y entendió que eso era lo que quería. Su padre había trabajado en la parroquia, tenía un hermano seminarista y por eso abrazó la ilusión de ingresar pronto a un convento. Fue su hermano quien la puso en contacto con las Franciscanas de María Inmaculada.

“Después de terminar el bachillerato pedí el ingreso al Aspirantado, viajé con las Hermanas a Bogotá y tuve la atención psicológica que hace parte del acompañamiento inicial. Para mi sorpresa la recomendación fue que me diera un tiempo porque quizá mi opción obedecía más a un sentimiento de gratitud a las Hermanas, debido a la ayuda con mis estudios. Y con lágrimas en los ojos, porque no me aceptaron, regresé a casa. En ese momento pensé que de pronto esto no era esto para mí y que quizá no tenía vocación”, cuenta la Hermana.

Atendiendo el consejo de su familia inició estudios en el Sena como Técnico Auxiliar Contable, luego hizo su práctica profesional en una empresa, pero el deseo y la observancia hacia las comunidades religiosas seguía ahí.

La decisión y la aceptación

Cada una experimentó momentos difíciles de acuerdo a su realidad, ahora ellas reconocen la voluntad de Dios y su forma de moldear la vida de las personas cuando llama a su seguimiento, para que este sea asumido con el compromiso sagrado que representa.

La Hermana Sheila estaba en octavo semestre de Medicina y mantenía viva una inquietud que sólo despejó hasta que una Hermana la invitó a vivir una experiencia misionera. Dios le fue mostrando el camino.

“Yo le digo a todos esos jóvenes que tienen inquietud vocacional que se dejen llevar por el Espíritu de Dios, a veces es muy difícil y uno se cuestiona mucho, pero a veces es solamente abandonarse en las manos de Dios y buscar ayuda, hay muchas personas disponibles para orientar, sino que a veces nos da miedo y no queremos mostrar lo que sentimos porque somos jóvenes o porque pensamos que la sociedad o nuestra familia nos va a criticar. La decisión es personal y Jesús toca el corazón en el momento menos esperado y a veces entre más resistencia uno le hace, más Él toca y más Él llama”, dice hoy cuando se prepara para salir a El Salvador, lugar donde la comunidad la ha enviado para el servicio pastoral.

Perseverante en su decisión la Hermana Luz Adriana seguía en comunicación con las Hermanas cuando le ofrecieron la oportunidad de realizar una experiencia misionera en Itsmina, Chocó, en la época de Navidad. Luego participó en un encuentro vocacional para jóvenes y posteriormente escribió la carta a la Congregación para pedir la aceptación al Aspirantado.

“Ese recuerdo es muy bonito porque cuando Dios pone la semilla, Él lo conduce a uno, Él es quien inspira y anima, Dios cultiva todo, no es uno, la iniciativa viene de Él porque todo es a su tiempo. En el retiro antes de participar de la Eucaristía de profesión religiosa, el Padre que lo condujo nos dijo algo que nunca debemos olvidar: recordar que el Señor no llama a personas perfectas sino débiles, y que siempre estamos llamadas a la búsqueda de Dios, hasta el final”. La Hermana Luz Adriana prestará sus servicios en Honduras, lejos de su natal Cúcuta y con la alegría que representa esta nueva etapa de su vida como religiosa.

Hoy ellas están alegres, pues consideran que desde el principio Dios las había mirado, escogido y llamado, a vivir una historia de amor en tiempo, realidad y raíces diferentes para cada una. Además, que su profesión religiosa haya sido el día de la Beata Madre Caridad Brader, fue una gracia mayor, por lo que pidieron les ayude a ser dignas esposas del Señor, a aprender y agradecer por la dedicación y afecto de todas las Hermanas que, en cada detalle y gesto, entregaron lo mejor durante su formación; es algo que siempre van a atesorar y que demuestra la identidad de su comunidad: ser Hermanas fraternas, que viven y vibran por un carisma que les enseña a valorar la riqueza de la otra.